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Patricio la alcanzó antes de que golpeara el suelo.
—¡Inés!
El nombre salió de sus labios como un ruego quebrado mientras la sostenía entre sus brazos. Ella estaba pálida. Demasiado pálida. La mancha bajo su vestido continuaba expandiéndose y el aire pareció desaparecer del camino.
Adriana retrocedió un paso.
—Sangre… —susurró, con horror.
Patricio ya no la escuchaba.
—¡Eusebio! —gritó al cochero—. ¡Abre el carruaje! ¡Ahora mismo!
En los brazos de Patricio, Inés abrió los ojos apenas por un instante. El dolor le había borrado toda expresión del rostro. Apretó la mandíbula, esforzándose por no gemir, como si incluso en ese momento se negara a darle la satisfacción de verla completamente rota.
—No… no me toque… —murmuró.
Pero una nueva punzada le atravesó el vientre y sus dedos se aferraron sin querer a la solapa de él.
Patricio sintió ese gesto como una sentencia.
La levantó con sumo cuidado. Por primera vez en meses, el cuerpo de Inés volvía a estar entre sus brazos, y aquel descubrimiento lo destrozó más que cualquier ofensa: pesaba menos… mucho menos. Bajo la barriga avanzada, estaba débil, consumida, como si la vida se hubiera ido llevándose partes de ella en silencio.
La acomodó dentro del carruaje sobre los cojines de terciopelo que minutos antes ocupaban él y Adriana, creyéndose dueños del mundo. Ahora, aquellos lujos parecían obscenos.
—A la hacienda no —dijo Inés de pronto, abriendo los ojos con esfuerzo—. No me lleve ahí.
Patricio se inclinó hacia ella.
—Necesitas un médico.
—No… ahí no…
Su voz era apenas audible, pero en ella había un miedo real. No al dolor… sino a la casa de la que fue expulsada. Miedo a regresar al lugar donde fue humillada.
Ese temor le dejó sin aliento.
Adriana, de pie junto a la puerta abierta, reunió valor para hablar.
—Patricio, esto es una locura. No pienso viajar con esa mujer ensangrentada en mi carruaje.
Él giró la cabeza hacia ella con una lentitud que hizo que incluso Eusebio, con treinta años a su servicio, sintiera un escalofrío.
—No es tu carruaje.

Adriana parpadeó, desconcertada.
—¿Cómo dices?
—He dicho que no es tu carruaje. Ni tu camino. Ni tu momento. Si quieres volver a la capital, Eusebio te conseguirá escolta después.
Nunca antes le había hablado de esa manera.
La joven abrió la boca, indignada, pero el dolor de Inés escapó en un gemido tan desgarrador que apagó cualquier queja. Patricio subió con ella, cerró la puerta y sostuvo su cabeza contra su pecho.
—Al convento de Santa Clara —ordenó—. La madre Beatriz aún tiene enfermería. ¡Deprisa!
Los caballos partieron con brusquedad.
Dentro del carruaje, el movimiento hacía que Inés apretara los dientes para no gritar. Patricio la sostenía con un brazo mientras con el otro intentaba contener el temblor de sus propias manos. El olor a sangre lo impregnaba todo.
—Mírame —le pidió, con la voz rota—. Inés… mírame.
Ella tardó en responder.
Cuando finalmente levantó la mirada, no había amor en sus ojos. Ni siquiera odio. Solo cansancio. Un cansancio profundo, como si arrastrara el peso de varias vidas.
—La carta —dijo él, casi sin aliento—. Dijiste que me escribiste.
Inés soltó una risa débil y amarga.
—Sí. Le escribí al hombre que prometió protegerme… y él respondió quemando la carta sin leerla.
Patricio cerró los ojos por un instante. El golpe fue directo, imposible de esquivar.
—No sabía que estabas embarazada.
—Porque no quisiste saber nada de mí.
Una nueva punzada la hizo encorvarse. Llevó la mano al vientre con desesperación. Patricio la cubrió con la suya.
—Resiste… te lo suplico.
—No me suplique ahora —murmuró ella, empapada en sudor—. Suplique por su hijo… si es que aún le importa, aunque no lleve su apellido ni forme parte de sus fiestas.
Esas palabras le atravesaron el pecho.
Patricio miró el vientre tenso bajo el vestido, la curva viva que él mismo había negado. Su hijo. Su sangre. Creciendo mientras él elegía lujos, banquetes y una nueva esposa como quien reemplaza un objeto viejo.
Recordó la noche en que firmó la anulación. Recordó a su madre diciendo que una mujer sin hijos no era esposa, sino un error. Recordó su propio silencio cuando Inés lloraba. Recordó haber desviado la mirada.
Y sintió asco.