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Me clavó los ojos directamente. Ni a la bebé, ni a su hijo: a mí. Y entonces lo soltó.
—Esa niña no puede ser de nuestra sangre.
El cuarto se quedó mudo. Nomás se oía el pip-pip de la máquina del suero y el lloriqueo de un bebé a lo lejos en otro cuarto. Apreté a Luna contra mi pecho. Caleb volteó a verme, parpadeando como si se acabara de despertar en la vida de otro güey. Le veía la cara de “no entiendo ni madres”, tratando de hallar lógica donde no había qué buscar.
Pero yo… yo nomás pelé una sonrisa. Y no de esas que dicen “todo chido”. Nel. De esas que dicen: “Ya topé tu jueguito, y esta vez no te voy a dar por tu lado”. Porque lo que ella no sabía, lo que nadie en ese pinche cuarto sabía, era que yo ya me le había adelantado. Yo ya traía la neta en las manos. Y no era la que ella se andaba saboreando.
En eso, se abrió la puerta y entró la doctora con un fólder en la mano. Y soltó:
—De hecho, hay un detallito que ocupan saber.
Cuando Caleb y yo nos topamos por primera vez, éramos un par de estudiantes pelados que compartían mesa en la biblioteca de la Universidad de Michigan. El bato traía una vibra bien nerviosa, siempre tamborileando los dedos, como si la cabeza le diera mil vueltas y la boca no le alcanzara pa’ soltar todo. Yo era la otra cara de la moneda: callada, de las que echan ojo, de las que no abren el hocico hasta que de veras hay que decir algo de peso.
Chance por eso hacíamos clic. Él me hacía cagarme de risa y yo le ayudaba a bajarle dos rayitas a su desmadre. Nos hacíamos el paro.
Acabando la uni, jalamos p’a Chicago y nos casamos en una oficinita del registro civil, nomás con mi papá y mi hermanita tirando esquina. Los papás de Caleb ni sus luces. Su mamá, Vivian, salió con que andábamos muy a las prisas y que una boda de a de veras tenía que esperarse a que los Monroe la armaran como Dios manda. Pero nos valió madres y no esperamos. El amor no siempre está pa’ andar aguantando.
Les echaría mentiras si digo que su desplante no me caló. La señora nunca pegó de gritos ni me mentó la madre. Qué va, su tirada era aplicar la ley del hielo. Un silencio helado y bien medido. Y cuando se le antojaba abrir la boca, puras pedradas:
—¿Seguro que no traías para más, Caleb?
O también:
—Se ve media sentida. ¿A poco no ocupas a alguien más centradita para casarte?
Aún así, le hacíamos la lucha. En Navidad, en los cumples, le echábamos el grito. De repente asomaba la cabeza, de repente no. Caleb siempre me decía: “Ya se le va a pasar el coraje”. Y yo le quería creer.
Cuando le empezamos a buscar para tener un morrito, se sintió como empezar de cero. Andábamos con la pila bien puesta, a lo mejor hasta pecábamos de pendejos, pero… tómala, nos pegó el primer aborto. Y luego el segundo.
Los doctores me salieron con que traía endometriosis y que iba a estar cabrón salir embarazada. Cada mes era un volado, y cada prueba negativa la sentía como una cachetada. Sentía que mi propio cuerpo me estaba mandando a chingar a mi madre una y otra vez.
Y la Vivian… cero tacto. “A lo mejor no está de Dios”, le soltó a Caleb una vez. A él, claro. A mí en la cara nunca me dijo ni madres.
Mi jefe, Ronald, ahí andaba tirándome el paro. Es un don bien tranquilo, callado. Fue cartero y él solito nos sacó adelante a mi hermana y a mí cuando mi jefa entregó el equipo. No es de tirar mucho rollo, pero cuando habla, te cae el veinte. Me echaba el fonazo todos los domingos nomás pa’ ver cómo andaba.
Mi carnala, June, que anda metida estudiando enfermería en Texas, me mandaba puros memes y selfies de “aquí acordándome de ti” a las 3 de la mañana. Y la neta, a veces sí les soltaba el moco.
Y justo cuando ya andábamos viendo lo de adoptar… que nos cae la voladora.
Se me atrasó el periodo. Ni de chiste me quise hacer la prueba luego luego porque ya no aguantaba otra decepción. Pero me animé… y salió positiva. Le enseñé el palito a Caleb mientras nos andábamos lavando el hocico. Lo guachó, me guachó a mí, y dejó caer el cepillo en el lavabo. Nos atacamos de la risa y a llorar con la pasta de dientes escurriéndonos.
El embarazo fue una chinga. Traía unos ascos del infierno, unos dolores de la fregada y andaba paniqueada 24/7. Cada ultrasonido era como caminar en la cuerda floja. Pero cada que escuchábamos el corazoncito… puta, sonaba fuerte, bien plantado, como diciendo: “A’i les voy, háganle como quieran”.
Vivian ni pío. Cero detallitos, cero “felicidades”. Nomás una llamadita seca para decir: “Ahí me echan el grito cuando sepan qué va a ser”. Y párale de contar.
La Luna salió al mundo después de 17 pinches horas de parto. Salió toda roja, moviéndose como gusanito, atascada de pelo negro y con los ojazos color miel más grandotes que he visto. Cuando las enfermeras me la arrimaron, el mundo entero me valió tres hectáreas de verga. Mis miedos, la Vivian… todo. Nomás era ella. Me tiró una mirada como diciendo “tú eres mi barrio seguro”.
El Caleb berreó peor que yo. Nomás susurraba: “Está al puro centavo. Te la rifaste, mi amor”.
Al otro día, el cuarto estaba a reventar. Puras flores, globos, enfermeras dando lata. Mi jefe por videollamada; la June, chille y chille desde la quinta chingada. Y hasta la Vivian se dignó a caer, toda vestidita de color beige, peinadita de salón. Entró, me echó un ojo de pasadita y luego luego clavó la vista en Luna, que andaba en mis brazos.
Y ahí fue donde topé el pedo. Un flashazo en los ojos. De duda, de andar juzgando. Como si la Luna fuera un zapato que no le quedaba a su idea de la familia Monroe. Primero se quedó muda. Nomás la escaneaba. Había algo en ese ratito que me puso los pelos de punta. Le pasé a Luna a Caleb y me eché p’atrás. Vivian dio un paso p’adelante, se cruzó de brazos, y ahí soltó el escupitajo.
—”Esa niña no puede ser de nuestra sangre”.
En cuanto lo escupió, fue como si le hubieran dado un pedradón a la ventana y se hubiera fugado todo el calor del cuarto. Nadie movió ni un dedo. Caleb se quedó pasmado a medio camino entre la cuna y la silla. Una enfermera que andaba por ahí peló los ojos y se hizo a la orilla calladita, seguro pa’ que no le salpicara la mierda que se iba a armar.
Yo me le quedé viendo a la Vivian. Y no andaba encabronada. Eso hubiera estado más pelado. Andaba bien fresca, fría, como si estuviera dando el clima.
Por fin el Caleb abrió el hocico, todo destanteado.
—Jefa, ¿qué chingados estás diciendo?
Se le arrimó un poquito más y le bajó a la voz.
—Échale ojo, Caleb. Topala bien. No trae facha de ti, ni de mí, ni de nadie de la familia. Ojos color miel, piel morenita. No trae el sello Monroe. Sepa de quién chingados sea la escuincla, pero nuestra no es.
Me quedé de a seis. Y no porque anduviera de criticona con la morrita, eso ya me lo olía. Sino por soltar el putazo así de frente, delante de Caleb, en un cuarto de hospital donde todavía andaba sangrando, todavía cocida y reponiéndome de una pinche guerra que mi cuerpo acababa de ganar.
Caleb volteó a verme. La cara le gritaba lo que no tenía huevos para soltar: ¿A poco sí es cierto este pedo?
Eso fue lo que me dio en toda la madre. En la puta vida le había puesto el cuerno. Es más, ni por la calle volteaba a ver a otros güeyes. Yo lo quería un chingo. Aun cuando su jefa me hacía sentir como un cero a la izquierda. Aun aguantando cenas donde la doña me tiraba a Lucas como si fuera fantasma. Yo había puesto las manos al fuego por esta familia. Y ahora la ruca me la andaba queriendo rebanar.
Me limpié la garganta. La voz me salió maciza, más perra de lo que esperaba.
—No me vayas a salir con que le estás haciendo caso, ¿o sí?
Caleb se quedó callado.
Vivian se volvió a cruzar de brazos y me clavó la mirada.
—Yo nomás quiero tirar esquina a mi hijo y a los míos. Si no andas cargando con ningún muertito, no tienes por qué sacarle a una prueba de ADN.
Y no lo dijo preguntando. Me la estaba cantando.
Volteé a ver a la Luna. Andaba jetona, con sus deditos agarrando la sabanita del hospital, sin tener ni puta idea del cagadero que se andaba armando.
Y ahí sentí cómo se me volteó el switch. Y no fue coraje. No me iba a poner a pegar de gritos. Y menos culo. No traía nada qué esconder. Fue una claridad bien cabrona y helada.
Le sostuve la mirada a la Vivian y le solté:
—Sobres, jalo a la prueba. Pero cuando caigan los papeles y topes que la cagaste, nomás espero que te caiga el veinte de que le anduviste dudando su lugar a tu nieta el mismito día que salió al mundo.
Caleb dio un pasito como queriendo soltar algo, pero a duras penas y le salió:
—Alyra, ya llévatela leve, no armemos pedo, ¿va?
Vivian me tiró una sonrisita de esas fingidas y triunfalistas.
—Cámara. Yo muevo el pandero p’a eso.
Y se dio la media vuelta y se abrió del cuarto como si no acabara de aventar una pinche granada.
Ya que se fue a la chingada, como que el mundo volvió a rodar. El aire regresó. Los aparatos volvieron a pitar. Caleb se sentó a un lado, mudo. Veía a la niña, y luego me veía a mí.
—Tú sabes que la doña anda meando fuera del hoyo, ¿verdad? —me soltó al final.
Asentí.
—A huevo. ¿Tú también topas eso?
No me contestó de volada. Y ese puto silencio cantó más que si me hubiera echado todo un choro. Me le volteé para el otro lado. Y no por falta de amor, sino porque en ese ratito, traía otra bronca más pesada que cuidar. La neta de mi hija. Mi neta. Y no me iba a dejar caer. Ahorita no.
Al otro día tempranito, cayó una chava de trabajo social del hospital y nos hizo el paro de conectarnos con un laboratorio por fuera que aventaba las pruebas el mismo día. El Caleb dijo que sobres. Y yo también. A huevo que la Vivian se puso de terca que quería estar ahí cuando cayeran los papeles. Pues claro.
Esa noche abracé a la Luna y le susurré al oído:
—Que ande de hocicona la gente; yo a ti te topo. Yo sentí cada latido tuyo. Cada pinche patada, cada antojo loco. Eres mía, cabrona, le pese a quien le pese.
Pa’ cuando salió el sol, ya se me habían quitado las ganas de andar de calladita. Casi ni pegué el ojo. La Luna andaba entre que se dormía y se despertaba. Y cada que cerraba los ojos, me retumbaba el chillido de la Vivian: “Esa niña no puede ser de nuestra sangre”. Como maquinita, dale y dale, como una pinche cuarteadura en la pared que nomás se va haciendo más grande. Me la pasé guachando al Caleb dormido en la silla, todo hecho nudo en el sillón más culero del universo, con la capucha tapándole la jeta. Se veía madreado; y no nomás por el parto, sino por estar en medio del pedo, arrinconado entre la vieja con la que se casó y la jefa que lo crió.
En cuanto salió el solcito, le eché el timbre a la enfermera y le pregunté que a qué hora nos daban aire. Ya me quería ir p’al cantón. Ocupaba mi cama, mis chivas. Ocupaba abrirme de ese cuarto tan frío y empezar a armar otra vez el calorcito que ahí nos mataron.
Pero antes de llegarle, le eché un fonazo al laboratorio que nos pasaron. No me esperé a que el Caleb me diera luz verde. Ni le pedí permiso. Nomás lo hice de huevos. Agendé la cita. P’a los tres: él, la Luna y yo.
Cuando le pasé el dato a Caleb, como que le pensó.
—¿Segura que nos queremos echar este trompo? Tú sabes qué onda. Yo sé qué onda. Esto nomás es mi jefa echando mosca.
Me le quedé viendo fijamente.
—Pues que se ahogue en su pinche veneno. Que le canten la verdad peladita y en la boca un wey de bata blanca al que le vengan valiendo madres los apellidos o de qué color salimos.
Asintió despacito.
—Sobres, nos la aventamos.
Y jalamos.

El laboratorio estaba bien calladito, con facha de clínica, escondido en un edificio equis del centro. Nos apoltronamos en una salita de espera con unas lamparitas que andaban parpadeando. La Luna andaba jetona en su sillita en medio de los dos. No le podía quitar el ojo de encima. Se veía tan en paz, sin topar el desmadre que andábamos armando.
Salió una técnica, una morrita que seguro ni le sacaba edad a mi hermana June, y nos cantó cómo iba el rollo. Un tallón en la boca a los tres. Fácil, sin dolor y en chinga. Primero el Caleb, luego yo, y al final la Luna.
La Vivian no se apareció, aunque anduvo de castrosa con que quería estar cuando cayera el papel. Sacó el pretexto de que sí confiaba en el cotorreo, pero que lo quería ver ya oficial. Yo siento que la vieja andaba buscando un final de telenovela, apuntándome con el dedo y diciendo: “¡Se los dije!”.
Lo que la ruca no se olía, lo que a ninguno de nosotros nos pasó por la choya… era el pedote que de veras iban a soltar esos papeles.
Nos regresamos al cantón a hacer tiempo. Le di chiche a la Luna, le cambié el pañal, me la quedé apapachando en el pecho mientras el sol le iba dando la vuelta a la pared del cuarto. Podía sentir mi corazón latiendo al mismo pasito que el de ella. Tranquilito. Seguro. No andaba cagada de miedo. Nomás estaba hasta la madre. No de ser mamá, ni de andarle rindiendo cuentas a la raza. Hasta la madre de que este pinche momento siquiera estuviera pasando.
A los dos días, nos echaron el grito del laboratorio. Ya estaban los papeles. Caleb contestó, y me pasó el teléfono. Le andaban bailando las manos.
Nos dijeron que les cayéramos p’allá a checar el rollo en persona.
—Topamos un asuntillo extra que ocupamos platicárselos frente a frente —soltó la doña.
Un asuntillo extra. Sentí un pinche apretón en el pecho, pero nomás asentí.
—Sale, allá le caemos.
La Vivian ahora sí se trepó al barco. Cayó al laboratorio 15 minutos antes, con los lentes de sol puestos adentro, como si anduviera cazando un escándalo de famosos. Yo ni le dirigí la palabra. El Caleb le dio un abracito equis de pura costumbre, y nos metimos.
Salió la misma técnica a recibirnos, pero esta vez venía con otra chava, una especialista en genética. Ese pinche detallito me puso la piel de gallina. A la raza no le traen a los picudos a menos que el pedo esté enredado.
Nos metieron a una oficinita chiquita a los cuatro. La técnica abrió un fólder. Me le quedé viendo a sus manos: tranquilas y con callo, pasándole a las hojitas. Nos volteó a ver y soltó:
—Ya tenemos la película completa. De entrada, simón, Luna sí es hija de sangre de Caleb. Cero dudas.
Solté el aire de un putazo. El Caleb parpadeó y volteó a ver a su jefa. A la Vivian ni se le movió un pinche músculo. Ni un “la cagué”, ni una mueca; pura cara de piedra.
Pero en eso, la especialista se aclaró el gañote y le echó de su cosecha:
—Pero el detalle está en que nos botó una sorpresa al escanear los datos del señor Caleb, y es un pedo del que sí deben estar al tanto.
El cuarto se volvió a quedar mudo.
—Checando los papeles, el señor Caleb no trae parentesco de sangre con la señora que jura que es su jefa.
Con esa, hasta a la Vivian se le movió el tapete. Las palabras cayeron como si chocaran de frente a 120.
Caleb no trae parentesco de sangre con la señora que jura que es su jefa.
Silencio total. Vivian parpadeó bien despacio, como si le acabaran de tirar un rollo en japonés.
—Disculpe… ¿qué chingados me acaba de decir? —preguntó. Y fue la primerita vez en todos los años que la conozco que le escuché la voz temblar.
La especialista se la repitió, ya más suavecito.
—Los estudios marcan que no hay ni gota de sangre de mamá entre Caleb y usted, señora Monroe. Hasta le dimos dos repasadas a la prueba pa’ no cagarla.
Yo me quedé clavada viendo a Caleb. El bato se quedó como estatua, como si le hubieran desconectado el cable. No parpadeaba, no hablaba; nomás estaba congelado. Y veía clarito cómo se le iba esfumando el color de la cara.
—Eso… esa madre no puede ser —soltó la Vivian, con la voz ya amarrada—. Tiene que ser una pinche pifia. ¡Si yo estaba ahí cuando lo parí! ¡Yo me acuerdo cuando lo agarré!
La especialista le asintió, queriendo calmar las aguas.
—Yo sé que está cabrón el trancazo, pero aquí la ciencia no echa mentiras. Caleb y la niña Luna son tal cual papá e hija, con todo el ADN. Pero en la comparada de mamá entre usted y Caleb… ahí no pega ni madres.
A la Vivian se le veía cara de que se le había abierto el piso. Por una vez en su vida, ya no traía la sartén por el mango en la plática.
—¿O sea que me andas queriendo decir que no soy su jefa?
La especialista agarró aire.
—No andamos diciendo que no le haya dado biberón y lo haya criado. Lo que decimos es que de su panza no salió.
Caleb por fin abrió la boca, y su voz sonaba…
—¿Y entonces de la panza de quién chingados salí?
Nadie abrió el hocico. Porque nadie en ese puto cuarto se la sabía.
La especialista soltó el choro de que chance y les habían cambiado al niño en el hospital. Que casi no pasa, pero a veces pega. Que chance y fue una pendejada de papeleo… o alguna otra tranza. Pero que no traían el chisme completo de cómo estuvo la movida. Ellos nomás cantaban lo que decían las maquinitas.
Volteé a ver a la Vivian y, por primera vez, no le vi la cara de prepotente. Le vi cara de estar norteada, de agüite, chance y hasta de culo. Y ahí me cayó el veinte. Este no era nomás un pinche capítulo en mi novela; le acababan de desmadrar el libro entero a la vieja.
—Todo este pinche tiempo —murmuró Caleb, con los ojos clavados en el piso—. Te partiste el lomo por mí, y ni siquiera soy tu…
La Vivian dio un brinco de la silla.
—¡No se te ocurra acabar esa pinche frase! Me vale madres lo que diga ese pinche papelucho. Yo soy tu jefa. Yo te di de tragar. Yo te he querido un chingo. Me aventé las madrugadas con la varicela, los raspones del fut y tus lloriqueos por las morras. ¡Me acabé la vida en ti!
Al final, se le hizo chiquita la voz.
Caleb volteó pa’rriba a verla, con los ojos todos aguados.
—¿Y entonces por qué chingados me quisiste hacer pedazos mi propia familia?
La Vivian se quedó callada.
Y entonces, yo le entré al quite.
—La Luna es tuya, te guste la chingadera o no. Y no por el pinche ADN, sino porque salió de las pelotas de tu hijo, y porque nació en esta familia, la que andamos tratando de armar a pesar de tantas pinches trabas.
Me volteé con la especialista.
—¿Ya acabamos con el circo?
Asintió.
—Les rolo los papeles impresos. Si quieren que los conectemos con abogados o un loquero, nos avisan.
—Ahí muere —remató Caleb, en voz baja.
Nos abrimos del laboratorio con la Luna bien acurrucadita en mis brazos, echando la hueva como si este desmadre no fuera con ella. Caleb no soltó ni una sola palabra en todo el pinche camino p’al cantón. Nomás iba viendo pa’ la calle, agarrando los pinches papeles en las piernas.
La Vivian no se trepó con nosotros. Jaló p’a su carro solita. Por primerita vez, no abrió la bocota. No nos echó el último escupitajo pa’ sentirse muy chingona. Nomás volteó a ver al Caleb y le susurró:
—Yo no me la sabía.
Y por primera vez en añísimos… sí le creí.
Cuando caímos al cantón, el Caleb se metió al cuarto de la niña y se apoltronó junto a la cuna de la Luna. Lo guaché cómo le pasaba el dedo por el bracito suavecito y la arropaba bien. Me senté a un lado.
—¿A dónde te anda llevando la cabeza? —le tiré.
Negó despacito.
—A que ya no topo ni quién chingados soy. Pero sí topo quién es esta cabrona. Y topo quién eres tú. Y chance y con eso nos alcance p’arrancar de nuevo.
Y a’i nos quedamos los tres, sin decir pío. Un silencio de esos nuevecitos. Nada de fríos ni de ojetes; un silencio que aliviaba. A la mejor la familia no es la de a huevo en la que caes. A la mejor es por la que decides agarrarte a madrazos.
Después de ese desmadrito, la vida no regresó a la normalidad por arte de magia. Al revés, se desmadró todo. Pero, ya ves, a veces los putazos sirven p’a que entre la luz.
Los días después de las pruebas estuvieron rarísimos, de lo callado que estaba todo. Ni un solo Whatsapp de la Vivian. Ni llamadas, ni pedradas. Caleb ni le rascó. Yo tampoco me metí. Fue como si algo tronara entre esos dos. Una madre que no se platica, pero que pesa un chingo. Y ni él ni ella le hallaban a cómo juntar los pedazos.
Pero a mí la ñora ya me valía madre. Yo ya traía una morrita, un milagrito de ojotes vivos que me había dado vuelta al mundo entero. Cada ruidito que hacía, las levantadas en la madrugada a darle chiche, cada que se reía toda jetona… todo eso me caía como anillo al dedo pa’ acordarme de que esto era lo mero bueno. Las pinches pruebas, los chismes, la sangre… ¡a chingar a su madre! Ella era la chida.
Me acuerdo estar echada en el cuarto de la niña una noche, cargando a la Luna mientras se escuchaba el ruidito de las olas del aparatito de música. El Caleb se asomó por la puerta con un par de tacitas de té.
—Se da un aire a ti cuando echa la pestaña —me soltó quedito.
Me eché una sonrisita.
—¿A poco?
El wey asintió, se acercó y se aplastó a un lado.
—Trae la misma arruguita en la frente, y la barbilla igual de aferrada que la tuya.
Le hizo una pausita, viendo p’abajo.
—No topo quién chingados es la mujer que me parió. Y la neta ni sé si traigo ganas de averiguarlo. Pero hay un pedo que me queda bien clarito: a ti nunca te tocó ponerme a dudar si yo era de los tuyos. Ni una puta vez.
Ese choro valió oro, y chance el bato ni midió lo fuerte que estuvo.
Casi no pelábamos el tema de la Vivian después de eso. La ñora se asomó una sola vez por correo: tres pinches párrafos, mitad pidiendo esquinas y mitad sacando excusas. Ahí le puso que la había cagado por andarle buscando ruido a Luna, pero que andaba bien ciscada con los resultados y que ocupaba tiempo para que le bajara el agua al tinaco. Me lo aventé. Y no le contesté ni madres, porque yo también andaba dándole vueltas a mi propio rollo. No nomás al desmadre final, sino a todos los putazos que nos llevaron hasta ahí.
A todos esos años de andar queriendo embonar a huevo en una familia que te medía el amor a ver si te parecías a ellos. Al cómo me fui achicopalando solita nomás p’a que me aguantaran. Y en el mero ratito que dije “¡Ya estuvo suave!”, en el ratito que me paré de manos por mi niña, y por mí… la puta verdad nos saltó en la jeta. Qué chistoso es el karma, güey.
Empecé a caerle al loquero unas semanitas después. Y no porque anduviera vuelta madre, sino porque traía la espina de entender por qué chingados me la pasé tantos años esperando a que unos pendejos me dieran su visto bueno. Estuvo cabrón, pero tiró esquina. Me cayó el veinte de que la Vivian no era la que me traía madreada. La vieja nomás era el espejo de mis propios pedos… y ya no ocupaba andarme viendo ahí.
El Caleb y yo amarramos más chido. No de un día p’al otro. Nos aventamos pláticas largas a las 2 de la mañana, cenas mudas donde se escuchaban más las moscas que a nosotros, y ratos donde el peso de toda esta mierda casi nos da en la madre. Pero a huevo, nos seguíamos escogiendo todos los santos días. De eso se trata esta madre del amor. No nomás de traer pajaritos en la panza, sino de meterle huevos a los cimientos.
Mi jefe agarró un avión y le cayó a conocer a la Luna cuando la morra andaba en los 3 meses. La agarró con sus manotas rasposas de cartero como si fuera de cristal cortado.
—Salió con tus mismos ojos, m’ija —me soltó—. Y tú eres pura lumbre.
La June nos mandó por paquetería un álbum de fotos que ella mismita armó. Atascado de fotos, cartitas y pura buena vibra. En la pasta de enfrente le pintó: “La familia no la da la sangre; se demuestra”. Agarré y lo colgué en la pared del cuarto de la niña.
La Vivian ya no se le ha vuelto a arrimar a la Luna. A la mejor y un día cae; a la mejor no. Pero yo no ando perdiendo el sueño por eso, porque ahora ya me la sé que no ocupas que nadie te ponga palomita p’andar completita. Que no le andas pidiendo chiche a nadie para amar, para ser mamá y pa’ sacar las garras. Lo único que ocupas es ir por la derecha, echarle harto corazón y tener los huevos pa’ no dejarte caer, aunque te ande llevando la chingada.
Y eso fue lo que me trajo mi Luna. En cuanto pegó el primer llanto, me dio los motivos p’a dejar de hacerme chiquita. Ahorita le echo el ojo, siempre con una manita atorada en su sabanita, y esos ojazos mieles echándole lente a todo el cuarto. Y me entra una paz tan cabrona que ni en mis mejores alucines pensé que me iba a tocar.
Esta es mi puta familia. No es de foto. No es la que te pintan en los cuentos, pero es la de nosotros. Y esa madre, ningún cabrón me la va a poder robar.
Si este cuento te sacó aunque sea una lagrimita o te movió el tapete, la neta sí traigo ganas de saber qué piensas. ¿Te ha tocado tener que ponerte los guantes por tu verdad cuando todos te tiraban a loco? Déjate caer en los comentarios aquí abajito. Me echo la lectura de todos, me cae que sí.
Y si te vibró algo chido mientras lo andabas escuchando… si te recordó a tu propio desmadre, o si te prendió el foco pa’ ver a la familia de otro modo, tira paro y reviéntale al botón de Me Gusta. Hace más paro del que te imaginas. Rólalo con algún compa que ocupe que le recuerden que la familia no nomás se hace a punta de sangre.
Y si vienes llegando nuevo al barrio, o nomás ibas pasando, dale un chingadazo al botón de Suscribirse. Ya traigo más historias formadas: de las netas, de las crudas, de amor, de encontrarse a uno mismo, de las chingas de ser mamá, de aliviarse y de todas esas pinches vueltas locas y chulas que nos da la vida.
Se les agradece el rato, y pónganse truchas: su neta nunca es para andar bajando la cabeza.
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