Physical Address
304 North Cardinal St.
Dorchester Center, MA 02124
Physical Address
304 North Cardinal St.
Dorchester Center, MA 02124


—Mi caldo, por favor… mi caldo…
Los 2 guardias la sujetaron de los brazos y la arrastraron sobre el mármol brillante del lobby mientras su topper de birria se le resbalaba de las manos y se abría al caer. El consomé, rojo y dorado, se regó en una mancha espesa sobre el piso blanco del hotel más lujoso de Paseo de la Reforma. Un pedazo de carne de chivo giró sobre sí mismo, dejó una estela aceitosa y se detuvo junto a un tacón de diseñador. Afuera caía un aguacero brutal. Adentro, una mujer de 65 años, empapada, con vestido de algodón pegado al cuerpo y sandalias baratas, era arrojada a la calle como si fuera basura. Y la mujer que había dado la orden se quedó de pie, con los brazos cruzados y una sonrisa de desprecio, sin imaginar que el elevador privado que estaba a punto de abrirse venía cargado con 25 años de deuda, amor y vergüenza.
Para entender por qué ese sonido cambió la historia de todos los que estaban allí, había que volver atrás, cuando Doña Jacinta todavía no era una leyenda silenciosa de Reforma, sino apenas una viuda oaxaqueña con manos agrietadas, un anafre viejo y una terquedad que nadie había podido doblar. En 2001 puso por primera vez su carrito sobre la esquina de Reforma y Río Tíber, justo enfrente del Hotel Gran Alcázar, un monstruo de 42 pisos de vidrio y acero donde entraban empresarios escoltados, políticos con sonrisa de revista y mujeres que olían a perfumes más caros que la renta de un año en la colonia Doctores. Ella vendía birria de chivo bien picosa, de esa que resucita a cualquiera, con tortillas recién calentadas, cebolla, cilantro, limón y una salsa que hacía llorar de gusto. También llevaba arroz rojo, frijoles de la olla y buñuelos espolvoreados con azúcar y canela. Su carrito no tenía nada de elegante: era una caja metálica con ruedas torcidas, un paraguas descolorido atado con alambre y una lona remendada con cinta gris. Lo había comprado con 8,000 pesos que juntó limpiando casas y lavando platos en una fonda de madrugada.
Los huéspedes del hotel pasaban frente a ella como si no existiera. Algunos arrugaban la nariz cuando el olor a chile guajillo, ajo, comino y carne cocida desde la madrugada atravesaba la banqueta y se metía al lobby cada vez que se abría la puerta giratoria. Pero los choferes de taxi la conocían. Los albañiles la conocían. Las enfermeras del Hospital General la conocían. Los policías de tránsito que se chutaban turnos dobles la conocían. Y todos sabían lo mismo: si Doña Jacinta te servía un plato, no importaba si traías 70 pesos o apenas 30. Ella lo llenaba igual.
—Primero se quita el hambre —decía siempre—. Lo demás ya Dios lo acomoda.
Nadie que la viera revolviendo la olla desde las 6 de la mañana imaginaba lo que había cargado sola. Había llegado a la Ciudad de México desde la Sierra Mixteca en 1986, con su marido Evaristo, un mecánico flaco y trabajador que juró que en la capital iban a salir adelante. Durante 6 años lo hicieron. Rentaron un cuartito en Tacubaya, ahorraron peso por peso y hasta se dieron el lujo de comprar una televisión usada. Luego Evaristo cayó fulminado sobre un coche abierto en el taller. Infarto. 41 años. Sin despedida. Sin tiempo para prepararse. Jacinta se quedó sola en una ciudad que no perdona a las viudas pobres, sin hijos, sin parientes cerca, con 1 lata de café llena de billetes arrugados y un hombre bajo tierra.
Pudo haberse regresado a Oaxaca. No lo hizo. Se metió a limpiar casas ajenas en Las Lomas, a trapear consultorios en la Narvarte y a lavar baños que olían a cloro y humillación. Y fue una noche, en 2001, cuando el destino se le cruzó hecho un llanto seco en un callejón detrás de una lavandería de la colonia Doctores. Venía de dejar ropa planchada en una casa de la Roma cuando escuchó ese sonido. No era un llanto normal. Era el llanto de alguien que ya no esperaba que nadie llegara.
Lo encontró sentado sobre cartones aplastados, con una sudadera rota, tenis abiertos de la punta y los ojos tan hinchados que casi no podía sostenerle la mirada. Tendría 7 años. Temblaba aunque no hacía frío.
—¿Dónde está tu mamá, mi niño? —preguntó Jacinta, agachándose frente a él.
El niño tardó en contestar. Tragó saliva, se limpió la nariz con el dorso de la mano y dijo apenas:
—Se quedó dormida… y ya no despertó.
Se llamaba Gael. Su madre, Marina, había muerto 2 días antes por una sobredosis en el cuarto que rentaban. El niño pasó casi 48 horas junto al cuerpo antes de que una vecina llamara a una patrulla. Cuando llegaron las sirenas, él corrió. No confiaba en uniformes, ni en vecinos, ni en nadie. Pero esa mujer pequeña, de ojos cansados y voz tibia, no le dio órdenes ni le hizo preguntas de más.
—¿Tienes hambre? —le dijo.
Gael asintió. Y Doña Jacinta hizo lo único que sabía hacer cuando veía a alguien roto: lo llevó a casa y le dio de comer. Le sirvió un tazón de birria hirviendo con consomé espeso, 2 tortillas envueltas en un trapo limpio y un pedacito de pan dulce que guardaba para el desayuno. Se sentó frente a él y lo vio comer con una desesperación que partía el alma. Esa noche, el niño durmió en la cama y ella en el piso, envuelta en una cobija vieja. Desde ese momento, aunque nunca hubo papeles ni abogados ni juez alguno, Gael fue suyo.
No era un niño que recibiera cariño sin darse cuenta. Lo estudiaba. Lo memorizaba. Lo guardaba como quien guarda agua en sequía. Doña Jacinta lo inscribió en la primaria con su apellido porque nadie más iba a hacerlo. Le compró uniformes de segunda, le cosió calcetines, le preparó lonches, le revisó tareas aunque apenas había terminado la primaria. Trabajó 3 empleos durante años. Limpiaba oficinas al amanecer, cocinaba por encargo al mediodía y por las noches se metía a una cocina económica a lavar cazuelas gigantes. Todo para que Gael tuviera lo que ella jamás tuvo: una oportunidad limpia.
Y el muchacho la tomó como si supiera que esa oportunidad venía bañada en sacrificio. Era brillante, pero no de esa manera presumida que cae mal. Era de esos niños que entienden rápido, preguntan mejor y no olvidan quién les sostuvo la espalda. A los 12 ya le decían a Jacinta en la escuela que su hijo leía como universitario. A los 15 ganó una olimpiada de matemáticas, una feria de ciencias y una beca completa para una prepa de excelencia. Ella se sentaba hasta atrás en cada ceremonia con uno de sus 3 vestidos de siempre y aplaudía más fuerte que todos. Cuando Gael subía al templete, se le llenaban los ojos.
—No llore, ama —le decía él, muerto de risa.
—No son lágrimas tristes —respondía ella—. Son la cuenta de todo lo que Dios sí vio.
A los 18 entró becado al ITAM. Después hizo una maestría en finanzas en Monterrey y regresó a la capital convertido en uno de esos jóvenes que saben hablar con banqueros sin dejar de mirar de frente al taquero de la esquina. Entró a una firma de bienes raíces en Santa Fe. A los 24 ya llevaba portafolios que valían cientos de millones. A los 28 fundó su propia empresa: Bautista Capital. Compró plazas, torres de oficinas, hoteles, desarrollos logísticos. Para cuando cumplió 32, la empresa movía una fortuna que salía en revistas sin poner su cara. Gael odiaba las cámaras, los premios y las entrevistas. Firmaba, invertía, desaparecía.
Pero cada viernes, sin falta, manejaba hasta el departamento modesto donde Doña Jacinta seguía viviendo porque jamás quiso irse. Se sentaba en la misma mesa pequeña de siempre, ella le servía un plato de birria y él le contaba todo: cierres, pleitos, traiciones, ganancias, dudas.
—Un día le voy a comprar algo grande, ama —le dijo una noche.
—A mí no me compres grandezas —contestó ella—. Tú sigue siendo decente. Con eso me pagas.
Él no insistió. Sólo sonrió con esa clase de sonrisa callada que ya trae un plan adentro.
Mientras tanto, en el Hotel Gran Alcázar, la mujer que mandaba era Vanessa Prado, gerente general desde hacía 6 años. Tenía 44, trajes perfectos, tacones que sonaban como amenazas y una obsesión enfermiza con la imagen. Caminaba por el lobby como si el edificio le perteneciera por derecho divino. Los botones le temían. Las recepcionistas dejaban de respirar cuando se acercaba. El personal de limpieza bajaba la mirada. Vanessa decía que un hotel de lujo no vendía habitaciones, vendía fantasía. Y cualquier cosa que le recordara a la ciudad real, a la gente real, a la necesidad real, le parecía una mancha.
Llevaba años intentando sacar a Doña Jacinta de esa esquina. Llamó a la alcaldía, movió contactos, quiso usar inspectores, ofreció dinero para que se fuera. Nunca pudo. La señora tenía permiso en regla, pagaba lo que correspondía y además limpiaba su espacio mejor que muchos locales fijos.
—Ese puesto convierte mi entrada en mercado —le decía Vanessa a Rogelio, jefe de seguridad, por lo menos 1 vez a la semana—. La gente viene a ver lujo, no a oler guisados.
—Está en la vía pública, licenciada —respondía él, incómodo—. No podemos tocarla.
—Pues a mí me arruina la vista —escupía ella—. Y eso me basta.
La nueva administración del hotel llegó envuelta en secreto. Una compra millonaria, sin conferencia de prensa, sin comunicado, con empresas fantasma y firmas discretas. Nadie sabía quién era el dueño nuevo. Vanessa aprovechó la incertidumbre para apretar más. Recortó bonos, redujo tiempos de comida y puso una regla por escrito: ningún empleado podía comprar ni hablar con vendedores ambulantes de los alrededores. La orden tenía dedicatoria.
Marisol, camarista de 26 años, lo supo al instante. Había llegado de Puebla 3 años antes, mantenía a su madre y a 2 hermanos, y cada mañana antes de entrar al turno se cruzaba por un plato pequeño de birria con Doña Jacinta. No sólo por hambre. También por la conversación. La señora le preguntaba por su mamá, por el muchacho que le gustaba, por el dolor de espalda, por esa tristeza muda que a veces se le notaba en los ojos. En una ciudad donde todo el mundo va corriendo, esos 5 minutos le remendaban el alma.
—Usted me recuerda a mi tía Chole —le dijo Marisol una vez—. Cocinaba igualito, como si abrazara.
Doña Jacinta soltó una risa suave.
—Y tú me recuerdas a la hija que no tuve.
Cuando Vanessa la descubrió cruzando con su topper en la mano, la humilló frente a 3 empleados más.
—Si te vuelvo a ver comprándole a esa señora, te vas a la calle ese mismo día —le dijo—. Aquí no quiero costumbres de banqueta. ¿Entendiste?
Marisol dijo que sí, pero al día siguiente volvió. Sólo que ya no comía en la entrada. Se escondía en la escalera de servicio, entre cubetas y sábanas limpias, para tomarse su caldo rápido antes de que la vieran. Doña Jacinta se dio cuenta del miedo en su forma de mirar.
—Si ese trabajo te está secando el corazón, el plato para ti será gratis siempre —le dijo.
Marisol casi lloró ahí mismo. Le apretó la mano y se metió al hotel con la garganta cerrada.
El día que todo estalló, la lluvia cayó sobre la ciudad como si quisiera arrancarle el maquillaje. Eran cerca de las 2 de la tarde. El cielo se puso gris plomo, el viento arrancó anuncios y en menos de 10 minutos Reforma parecía un río sucio. Doña Jacinta trató de cubrir la olla, amarró la lona, sujetó el paraguas, pero una ráfaga partió la estructura y le volcó media birria sobre el carrito. La lluvia empezó a diluirle el trabajo de toda la mañana. A sus 65 años, empapada hasta los huesos, sólo necesitaba resguardarse 5 minutos. Nada más. Ni una silla, ni un favor, ni una limosna. Sólo un techo mientras pasaba lo peor.
Cruzó la avenida con 1 recipiente bien cerrado entre las manos y entró por primera vez en su vida al Gran Alcázar. El lobby brillaba como otro país: lámparas inmensas, mármol italiano, aroma a vainilla, música de piano, copas de vino, maletas de piel, gente seca. Y en medio de todo eso, ella, chiquita, temblando, goteando sobre el piso.
Tomás, un recepcionista joven, la vio y alcanzó a sacar una toalla limpia. No le dio tiempo. Los tacones de Vanessa reventaron la calma del lugar.

—¿Qué hace esta mujer aquí?
Doña Jacinta la miró con la humildad de quien pide poco.
—Sólo voy a esperar a que baje tantito la lluvia, señorita. No molesto a nadie.
Vanessa se acercó despacio, disfrutando cada segundo de la superioridad.
—Esto no es una terminal. Ni un mercado. Ni un refugio. Usted no es huésped. No es cliente. Usted es la señora de los caldos de la banqueta y no pertenece a este lugar.
El piano se calló. Un señor bajó el periódico. Una mujer dejó suspendida la copa a media altura. Tomás se quedó congelado con la toalla en la mano. Doña Jacinta tragó saliva.
—Por favor.
Vanessa repitió la palabra como si le diera asco.
—Rogelio, sácala.
Rogelio dudó. Miró a la mujer empapada, el vestido pegado a las piernas, los hombros encogidos.
—Licenciada, sólo está esperando…
—La sacas ahorita o te saco a ti.
Entonces el otro guardia, más joven y más bruto, le agarró el brazo izquierdo. Rogelio tomó el derecho casi pidiendo perdón con la mirada. El recipiente de birria cayó. La tapa salió volando. El caldo se abrió como una herida roja sobre el mármol perfecto. El olor a chile y carne llenó todo el lobby en segundos.
—¡Mi caldo! ¡Por favor, mi caldo! —gritó ella.
La arrastraron hasta la puerta entre charcos, miradas y teléfonos alzados. Vanessa caminó detrás, fría, impecable.
—Que alguien limpie eso con desinfectante. No quiero que quede olor.
La aventaron a la lluvia. Del otro lado de la avenida, su carrito seguía bajo el aguacero, vencido. Una olla ya se había ladeado. La birria se mezclaba con el agua negra de la calle y corría hacia la coladera. Doña Jacinta se sostuvo de un poste para no caer. Tenía el cuerpo empapado y el alma abierta. Marisol lo había visto todo desde el pasillo cercano a los elevadores, con una mano en la boca y lágrimas bajándole sin control.
Vanessa se acomodó el saco y giró para regresar a su oficina. Y entonces sonó.
Ding.
No era cualquier elevador. Era el privado. El que subía al penthouse del piso 42. El que sólo usaba el dueño. Las puertas doradas se abrieron y salió un hombre alto, de unos 32 años, traje gris oscuro hecho a la medida, camisa blanca sin corbata, zapatos tan pulidos que reflejaban la lámpara del techo. No preguntó nada. No saludó a nadie. Recorrió con la vista el consomé regado, la tapa tirada, el rastro de agua hacia la puerta, los rostros tensos, la toalla inútil en la mano de Tomás. Y se fue derecho a la salida.
Tomás lo reconoció de inmediato por una foto confidencial que le mandaron semanas antes. Sintió que se le vaciaba el estómago.
Gael Bautista atravesó la puerta giratoria y salió a la tormenta. En 3 segundos el traje le quedó pegado al cuerpo. No le importó. Al otro lado de la avenida, junto al carrito roto y la birria perdida, estaba la única persona que lo había mirado a los 7 años sin calcular cuánto valía.
—¡Ama! —gritó.
Doña Jacinta levantó la cara. La lluvia le bajaba por las pestañas. Al principio sólo vio un hombre corriendo hacia ella bajo el aguacero. Luego le vio los ojos. Esos ojos enormes y cafés que una vez miraron un plato de comida como si fuera un milagro.
—Gael… —susurró.
Él llegó hasta ella y se arrodilló en plena banqueta, con los pantalones caros hundiéndose en el agua sucia. Le tomó las manos temblorosas y apoyó la frente en ellas.
—Aquí estoy, ama. Aquí estoy.
—¿Qué haces aquí, hijo?
Gael volteó hacia el hotel, hacia los 42 pisos de cristal, el lobby encendido, el poder que durante años la había despreciado desde la acera.
—Lo compré para usted.
Ella no entendió.
—¿Qué compraste?
—El hotel.
El rostro de Doña Jacinta se quedó quieto, como si el mundo hubiera hablado demasiado rápido.
—No digas tonterías.
—No es tontería. Es suyo, ama. Lo compré porque nunca volvieran a mirarla por encima del hombro.
Ella le tocó la cara con ambas manos, como se la tocaba cuando tenía fiebre de niño.
—Tú no me debes nada.
Gael la miró con una tristeza antigua.
—Le debo la vida entera.
Se quitó el saco mojado y se lo puso sobre los hombros. Luego le tomó la mano y la hizo cruzar la avenida de vuelta, como 25 años antes ella lo había hecho salir de un callejón para entrar a una casa humilde donde olía a caldo caliente. El lobby completo los vio regresar. Vanessa aún no alcanzaba a entender por qué el silencio se había vuelto miedo.
Gael llevó a Doña Jacinta al centro del mármol manchado con birria y habló sin levantar la voz.
—Mi nombre es Gael Bautista. Soy el propietario de este hotel.
El aire se quedó inmóvil.
—Y esta mujer es mi madre.
Se escuchó un jadeo ahogado en algún rincón. Vanessa se puso blanca.
—Ella me recogió de la calle cuando nadie me quería. Me dio de comer cuando yo comía de la basura. Trabajó hasta reventarse las manos para que yo estudiara. Todo lo que tengo empezó con 1 plato que ella me puso enfrente sin preguntarme de dónde venía.
Su mirada cayó sobre la mancha roja del piso.
—Hace 20 minutos alguien ordenó arrastrarla por este lobby y echarla a la lluvia como si no valiera nada. Quiero saber quién dio la orden.
Nadie habló.
—Pregunté quién dio la orden.
Los tacones de Vanessa sonaron otra vez, pero ya no con autoridad, sino con espanto.
—Señor Bautista, yo no sabía que ella…
—¿La dio usted?
—Yo sólo estaba protegiendo la imagen del hotel…
—¿La dio?
Vanessa tragó saliva.
—Sí.
—Está despedida.
Las 2 palabras le cayeron encima como un edificio. Vanessa se aferró al mostrador.
—Por favor. Llevo 6 años entregándole mi vida a este hotel.
—Y 6 años no le alcanzaron para aprender a distinguir entre lujo y crueldad.
Luego miró a Rogelio.
—Usted tenía un trabajo: proteger personas. No sólo las que llegan en camionetas blindadas.
Rogelio bajó la cabeza.
—Entiendo, señor.
Gael se volvió hacia todos.
—Cuando yo tenía 7 años, mi madre biológica murió. Esta mujer, que no me conocía de nada, me llevó a su casa y me salvó con 1 plato de birria. No me pidió nada a cambio. Durante 25 años ha alimentado a media ciudad desde la banqueta mientras muchos aquí la miraban como si estorbara. Hoy eso se acabó.
Sacó un sobre blanco del bolsillo interior empapado de su camisa. Lo abrió con cuidado y se lo entregó a Doña Jacinta.
—El local de la planta baja, el que da a Reforma, con cocina industrial y capacidad para 180 personas, está a su nombre desde esta mañana. Desde hoy se llama La Cocina de Doña Jacinta.
Hubo un segundo de silencio y luego el lobby explotó. Algunos aplaudieron. Otros lloraron sin disimulo. Tomás se limpió la cara. Marisol dio 2 pasos temblando, sin saber si estaba soñando. Doña Jacinta sostuvo los papeles con manos que parecían no creerle al papel mismo.
—Es demasiado, hijo.
—No alcanza —dijo él—. Nunca va a alcanzar.
Entonces volteó hacia Marisol, que seguía llorando detrás de una columna.
—Ven.
La muchacha caminó hecha pedazos.
—Sé que siguió comprándole a mi ama aunque la amenazaron. Sé que comía escondida para no perder el trabajo. Sé que tuvo más decencia que todos los que se quedaron callados. A partir de hoy vas a estar al frente de atención al personal y operaciones internas. Mi equipo te va a respaldar. Este hotel necesita gente que sepa ver personas.
Marisol se quebró por completo. Doña Jacinta abrió los brazos y ella se lanzó a abrazarla como si abrazara a su propia madre. Vanessa, en cambio, apenas logró sostenerse de pie mientras seguridad la escoltaba por el pasillo. Sus tacones se fueron apagando poco a poco, y con ese sonido se fue también el reino que había construido con miedo.
La historia no terminó allí. Terminó de nacer. Porque 3 meses después abrió La Cocina de Doña Jacinta en la planta baja del Gran Alcázar. Donde antes había un restaurante pretencioso de porciones mínimas y nombres en francés, ahora había manteles blancos, flores frescas, barro negro de Oaxaca en las repisas y el olor glorioso de birria, arroz, tortillas recién hechas, mole, frijoles y buñuelos. Los ventanales daban justo a la esquina donde durante 15 años ella empujó su carrito bajo sol, smog y lluvia. La reserva se llenó por 4 meses. Críticos, periodistas, artistas y familias enteras hicieron fila por probar lo que durante años ignoraron por prejuicio. Pero lo más importante para Jacinta nunca fue la fama. Lo más importante era que cada plato seguía saliendo como el primero: caliente, abundante, honesto.
Seguía usando debajo de la filipina blanca las mismas sandalias de hule.
—Hay cosas que no necesitan cambiar —decía, riéndose.
Marisol transformó el hotel de una forma que ninguna certificación de lujo habría logrado sola. Regresó bonos al personal de limpieza, devolvió tiempos dignos de comida, abrió un comedor decente para empleados y aprendió el nombre de cada persona, de sus hijos, de sus dolores y de sus urgencias. Tomás fue ascendido a jefe de recepción. Su primera decisión fue sencilla: ningún trabajador del hotel pasaría hambre en turno. Cada empleado recibía 1 comida caliente diaria de la cocina de Doña Jacinta, sin excepciones.
Gael jamás puso su nombre en la fachada. Nunca dio entrevistas contando lo que había hecho. Cuando alguien preguntaba quién era el dueño del Gran Alcázar, más de 1 respondía con media sonrisa:
—La que manda de verdad está en la cocina.
En la entrada del restaurante colgaron una fotografía enmarcada. Se veía a un niño flaco, sentado en una mesa pequeña de un departamento humilde, sosteniendo con ambas manos un plato humeante mientras una mujer de vestido sencillo lo miraba comer con una ternura tan inmensa que hasta dolía. Debajo, en letras discretas, sólo decía: “Me dio de comer cuando nadie más quiso”.
El video de aquella tarde se hizo viral por todo México. En Facebook, en WhatsApp, en TikTok, en todos lados. La gente discutió durante días si la vergüenza que sintió Vanessa fue suficiente castigo. Algunos dijeron que sí. Otros dijeron que no hay castigo suficiente para quien humilla a una anciana pobre frente a un salón lleno de gente muda. Vanessa intentó conseguir trabajo en otros hoteles de lujo de la ciudad. Nadie la quiso. Terminó administrando un hotel pequeño en carretera, sin mármol, sin candelabros, sin valet parking. A veces la vida enseña con consejos. Y a veces enseña quitándote el espejo donde te creías reina.
Doña Jacinta, en cambio, nunca cambió la forma de servir. Si veía a alguien entrar con hambre verdadera en los ojos, seguía llenando el plato un poco más. Y algunas noches, cuando el restaurante ya había cerrado, Gael se quedaba solo en una mesa junto a la ventana. Ella le servía birria como hacía 25 años, él soplaba el caldo como cuando era niño y por un momento todo el vidrio, todo el dinero, todo el poder y toda la ciudad dejaban de existir. Sólo quedaban una madre hecha por la misericordia y un hijo hecho por la gratitud.
Y cada vez que la lluvia golpeaba los ventanales del Gran Alcázar, Doña Jacinta recordaba aquella tarde en que la arrastraron por el mármol y la echaron a la calle creyendo que nadie importante iba a defenderla. Entonces miraba a Gael, lo veía levantar la cuchara, y entendía que el mundo puede tardarse, puede humillar, puede escupir sobre lo humilde y aplaudir la crueldad vestida de lujo, pero jamás logra borrar el bien que una mujer hace cuando le da de comer a un niño que ya se sentía desechado. Porque hay manos que cocinan y hay manos que fundan destinos, y a veces son las mismas. Y cuando eso pasa, ni el mármol más frío ni la soberbia más alta pueden impedir que un día, tarde o temprano, toda la ciudad termine oliendo a justicia.